
Intentó comunicarse con la gente que pasaba por
delante de él, pero siempre miraban a los otros. Era frustrante. ¿Nadie
se iba a parar un instante? ¿Nadie lo iba a coger? ¿Nadie se daba cuenta
que aquel no era su lugar? Pasaron los días y las cosas siguieron
igual, él esperando, el mundo pasando ante sus ojos y nadie a quien
preguntar.
Entonces apareció ella por el pasillo con su
andar pausado, barriendo con la mirada todos los estantes. Su esperanza
de salvación encarnada en aquella chica que lo observaba todo. Vio sus
ojos posarse en él un instante... y pasar de largo. La desesperación se
apoderó de él. Si ella no lo ayudaba nadie lo haría, así que hizo lo
único que podía: pensó con todas sus fuerzas "fíjate en mí". Ella
retrocedió.
- ¿Qué haces tú aquí? - se preguntó la bibliotecaria -. Este no es tu sitio.
Le
cogió entre sus manos cálidas y suaves, lo acarició, le quitó un poco
de polvo y lo abrió un momento, para asegurarse de que todo estaba bien.
- Quién habrá sido el desalmado que ha dejado
un diccionario de castellano recién impreso entre los libros de poesía
en japonés - pensó en voz alta -. Tranquilo, ya pasó, te pondré con los
tuyos - dijo suavemente, tratando de tranquilizarlo.
Cuando fue colocado en su sección
supo que todo estaría bien. Por fin conocía su nombre, dónde estaba y,
sobre todo, que podía ser encontrado y leído. Sonaba bien lo de ser un
Diccionario de castellano. Sólo faltaba que lo leyeran para saber qué
significaba eso.
Texto: Pepe Fuertes (@pepefuertes)
Ilustración: Teresa Cebrián (@cebrianstudio)
Texto: Pepe Fuertes (@pepefuertes)
Ilustración: Teresa Cebrián (@cebrianstudio)
No hay comentarios:
Publicar un comentario