Desde la estantería ojos negros brillantes observaban a la niña que, dormida en la cama, temblaba de frío. Hecha un ovillo, enroscada entre las sábanas, soñaba que atravesaba páramos helados, tormentas y ventiscas en busca de una manta.
Al ver a la pequeña, los propietarios de aquellos ojos tomaron una decisión y, todos a la vez, se dejaron caer suavemente sobre la niña, cubriéndola.
Enseguida la niña dejó de temblar. A la mañana siguiente despertó rodeada de todos sus peluches y ella les dio las gracias, dejándolos de nuevo en la estantería. Ellos silenciosamente se las devolvieron y se fueron a dormir.
Texto: Pepe Fuertes (@pepefuertes)
Ilustración: Teresa Cebrián (@cebrianstudio)
Dedicado a Fermín Mikel Sáez (@mintxelas)
24.11.11
23.11.11
Tiempo
A pesar de ser hijo de quien era le costó años de práctica aprender a controlar el tiempo. Cuando tenía prisa todo iba más lento: los trenes se retrasaban, aparecían obras en las carreteras que le obligaban a ir más lento o se ponía a llover sin parar que producían atascos y retenciones. En cambio, cuando quería recrearse en un instante y hacerlo durar, todo se aceleraba y se acababa casi inmediatamente.
Obviamente aquello no pasaba porque él así lo quisiera, pero tampoco encontraba la forma de evitarlo. Sus padres nunca llegaron a explicárselo, pues era algo que debía aprender por sí mismo. Sin embargo, un día, la solución obvia se le ocurrió. Dejaría de intentar llegar a la hora a los sitios. En su lugar, iría relajadamente antes y así ese rato pasaría más rápido, mientras que los momentos buenos los exprimiría como si fueran a acabar inmediatamente para que, de esa forma, el tiempo los alargara.
Era distinto a los anteriores pero era, al fin y al cabo, un señor del tiempo.
Texto: Pepe Fuertes (@pepefuertes)
Ilustración: Teresa Cebrián (@cebrianstudio)
Obviamente aquello no pasaba porque él así lo quisiera, pero tampoco encontraba la forma de evitarlo. Sus padres nunca llegaron a explicárselo, pues era algo que debía aprender por sí mismo. Sin embargo, un día, la solución obvia se le ocurrió. Dejaría de intentar llegar a la hora a los sitios. En su lugar, iría relajadamente antes y así ese rato pasaría más rápido, mientras que los momentos buenos los exprimiría como si fueran a acabar inmediatamente para que, de esa forma, el tiempo los alargara.
Era distinto a los anteriores pero era, al fin y al cabo, un señor del tiempo.
Texto: Pepe Fuertes (@pepefuertes)
Ilustración: Teresa Cebrián (@cebrianstudio)
22.11.11
Sueños
Sueña con volar cada vez que cierra los ojos y cada vez que los
abre descubre que nunca podrá tener alas. Se imagina surcando las olas
de mares embravecidos y sumergiéndose en lo más profundo del océano,
aunque sabe que ni tiene ni tendrá nunca escamas, aletas o branquias.
Envidia a quienes atraviesan bosques, montañas y desiertos, con el sol,
la lluvia y el viento a sus espaldas, pues sabe que ya no podrá
imitarles.
Sin embargo no pierde la esperanza. Sigue soñando
cada día desde su cama porque, a pesar de todo, sigue teniendo su cabeza
intacta, repleta de historias, imaginación y un puntito de maravillosa
locura.
Texto: Pepe Fuertes (@pepefuertes)
Ilustración: Teresa Cebrián (@cebrianstudio)
Texto: Pepe Fuertes (@pepefuertes)
Ilustración: Teresa Cebrián (@cebrianstudio)
Alegria
A aquella hada nadie le había explicado que para volar no servía igual la risa que la felicidad.
Texto: Pepe Fuertes (@pepefuertes)
Ilustración: Teresa Cebrián (@cebrianstudio)
Texto: Pepe Fuertes (@pepefuertes)
Ilustración: Teresa Cebrián (@cebrianstudio)
20.11.11
El escritor
Aquella noche tuvo una pesadilla. En ella sufría un accidente tras
el cual su memoria fotográfica quedaba destrozada. A partir de ese día,
sólo era capaz de recordar lo ocurrido antes de aquel terrible momento.
Cuando despertó aquello le obsesionó, así que trató de sacarla de
su mente de la única manera que conocía: escribiéndola. Durante gran
parte del día apuntó ideas y reflexiones derivadas de aquella pesadilla
utilizando una vieja máqina de escribir, rellenando decenas de hojas en el proceso que dejó un lado de la mesa.
Cuando no pudo más, se fue a dormir.
De madrugada una mujer cogió el montón de papeles y
lo leyó atentamente. Cuando acabó lo metió en un archivador azul, puso
la fecha y abrió una habitación secreta en el estudio, llena de
estanterías repletas de archivadores azules. Le resultaba curioso leer
sobre la misma historia una y otra vez y que cada vez fuese ligeramente
diferente. Cerró la habitación secreta y se fue a dormir. Mañana sería
otro día y volvería a leer la misma historia otra vez, contada de una
forma distinta.
Texto: Pepe Fuertes (@pepefuertes)
Ilustración: Teresa Cebrián (@cebrianstudio)
Texto: Pepe Fuertes (@pepefuertes)
Ilustración: Teresa Cebrián (@cebrianstudio)
19.11.11
El mago
Se arremangó el esmoquin y enseñó las dos manos, primero las palmas,
los dorsos después. Dijo, "no perdáis de vista mis manos. Es el final
del espectáculo". Movió las manos a un lado y a otro, despacio al
principio y poco a poco más rápido, más rápido, más rápido, hasta que
sólo fueron un borrón blanco. Entonces, sin más, desaparecieron. Después
desaparecieron los brazos, los hombros, el torso y las piernas. Quedó la
cabeza suspendida en el aire que, sonriente, dio las gracias y también
se esfumó. La ovación fue atronadora y sólo se apagó cuando fue evidente
que no iba a reaparecer.
Cuando los espectadores salieron del teatro las manos del mago, flotando en el aire, sujetaban un cartel...
Texto: Pepe Fuertes (@pepefuertes)
Ilustración: Teresa Cebrián (@cebrianstudio)
Texto: Pepe Fuertes (@pepefuertes)
Ilustración: Teresa Cebrián (@cebrianstudio)
18.11.11
Escapar
Llevaba tanto tiempo a la sombra que ya no
recordaba cómo era la luz del sol. Allí, bajo los tubos fluorescentes,
sobrevivía. Pero aquello no era forma de vivir. Así que hizo lo único
que podía hacer: esperó. Dejó pasar el tiempo. Pero tras meses de
esperar se dio cuenta que aquello no le iba a llevar a ningún sitio. Fue
entonces cuando decidió pasar a la acción.
Estando allí plantado no había perdido el tiempo.
Había estudiado el entorno y a sus habitantes. Conocía sus costumbres.
Sabía todo lo que pasaba allí. Tenía todo lo que necesitaba para trazar
un plan y lo hizo. Sólo necesitaba una cosa: que llegara la primavera.
Entonces le saldrían las flores que con sus colores y su maravilloso
olor atraerían insectos. Esa era la clave: flores. Nunca había tenido,
pero seguro que le saldrían. Eso decían en los documentales de la
tele. Miró el calendario. Estaban en Noviembre. Faltaban... varios
meses. No se le daban bien las matemáticas, pero era paciente. Muy
paciente. Tanto como podía serlo un pino.
Miró por la ventana. Nevaba. Pensó entonces que quizá la maceta no fuese
un lugar tan desagradable. Al fin y al cabo se estaba calentito y le
daban agua y abono.
Se acomodó lo que pudo. Definitivamente, podía esperar allí dentro un poco más.
Texto: Pepe Fuertes (@pepefuertes)
Ilustración: Teresa Cebrián (@cebrianstudio)
Texto: Pepe Fuertes (@pepefuertes)
Ilustración: Teresa Cebrián (@cebrianstudio)
17.11.11
Magia Nocturna
Cuando se habla de la hora mágica se piensa en la medianoche. Los relojes suenan doce veces y marcan la frontera entre el final de un día y el comienzo del siguiente. Pero eso no es verdad. Al menos, no del todo. Todas los instantes son mágicos y sólo depende de lo que quieras conseguir para elegir uno u otro.
Por ejemplo, pasados treinta y siete silencios de
las tres de la madrugada de una fría noche de invierno es el momento
adecuado para despertarte, mirar el reloj y volver a meterse debajo de
las mantas, las sábanas y los nórdicos de la cama, mientras piensas que
aún puedes dormir un ratito más. Ese es un momento de auténtica
felicidad.
Texto: Pepe Fuertes (@pepefuertes)
Ilustración: Teresa Cebrián (@cebrianstudio)
Texto: Pepe Fuertes (@pepefuertes)
Ilustración: Teresa Cebrián (@cebrianstudio)
16.11.11
La niña
La lluvia repiqueteaba en los tejados. El viento, agudo y frío, azotaba las ventanas con un aullido de interminable dolor tratando de colarse en la cálida habitación. Única habitación de una pequeña casa situada en lo más profundo un bosque ya de por sí húmedo y frío.
Una gota bajaba por el cristal con la intención de llegar lo antes posible al suelo y así acabar con un tramo de su ciclo vital. Mientras eso pasaba, una niña de cuatro años, castaña y con un pirri que salía como una palmera de la parte derecha de su cabeza, miraba ensimismada, con unos prociosos ojos marrones verdáceos, aquello que bajaba por la ventana y se preguntaba qué extrañas fuerzas hacían que tanta agua cayera del cielo y por qué una cosa tan pequeña podía caminar por un cristal. ¿Podría ella hacerlo? Ella era más grande. Puede que hubiera gente más grande que ella, pero ella ya tenía cuatro años. Y eso son muchos años. Sobre todo si los cumplías ese día.
Miró la gota. Vio cómo se retorcía por el cristal, en un interminable camino hacia... bueno, hacia donde vaya una gota. Algún destino tendrá. Y, aunque en ese momento no lo sepa, cuando llegue sabrá que habrá llegado y se detendrá. Pero la niña no pensaba en eso. Ella miraba los movimientos de la gota: abajo, abajo-derecha, abajo, pausa, abajo-izquierda, marco de la ventana y final de trayecto.
La pequeña se aceró a la pared que estaba a su lado. Se pegó tanto como pudo a ella. Juntó los pies, acercó las manos a su cuerpecito, se arrepretujó contra la pared y empezó a refregarse: derecha, pauda, izquierda, derecha, izquierda... pero no se movió. Esperaba poder trepar por la pared. Si una gotita podía hacerlo, ¿por qué ella no?
- Porque tú eres una niña y no una gota de agua. Las gotas siempre están subiendo, bajando y fluyendo. Y tú eres una niña que ya deberías estar en la cama.
La voz, tierna, cascada y ligeramente aguda, provenía de la anciana sentada en una mecedora junto a la chimenea. Otrora bella y espléndida, sus ojos no habían pedido nunca aquella chispa cálida que te envolvía al mirarla.
- Sí, iaia - dijo cuando se acercaba a la mecedora -. Buenas noches.
Besó a la anciana en una mejilla. Mientras se acercaba a su camita, oyó la misma voz susurrar un "buenas noches" y se durmió arrulada por el ñik-ñak de la mecedora y el crepitar de la leña.
La voz volvió a susurrar, más pensando en voz alta que hablando a alguien:
- Descansa y duerme esta noche, pues mañana será un día duro.
La anciana bruja siguió meciéndose hasta que la niña estuvo profundamente dormida. Apagó el fuego y ella también durmió. También para ella sería un día duro el de mañana. Siempre era duro empezar a adiestrar a una aprendiz. Pero lo era aún más si sabías que iba a ser la última.
Texto: Pepe Fuertes (@pepefuertes)
Ilustración: Teresa Cebrián (@cebrianstudio)
Una gota bajaba por el cristal con la intención de llegar lo antes posible al suelo y así acabar con un tramo de su ciclo vital. Mientras eso pasaba, una niña de cuatro años, castaña y con un pirri que salía como una palmera de la parte derecha de su cabeza, miraba ensimismada, con unos prociosos ojos marrones verdáceos, aquello que bajaba por la ventana y se preguntaba qué extrañas fuerzas hacían que tanta agua cayera del cielo y por qué una cosa tan pequeña podía caminar por un cristal. ¿Podría ella hacerlo? Ella era más grande. Puede que hubiera gente más grande que ella, pero ella ya tenía cuatro años. Y eso son muchos años. Sobre todo si los cumplías ese día.
Miró la gota. Vio cómo se retorcía por el cristal, en un interminable camino hacia... bueno, hacia donde vaya una gota. Algún destino tendrá. Y, aunque en ese momento no lo sepa, cuando llegue sabrá que habrá llegado y se detendrá. Pero la niña no pensaba en eso. Ella miraba los movimientos de la gota: abajo, abajo-derecha, abajo, pausa, abajo-izquierda, marco de la ventana y final de trayecto.
La pequeña se aceró a la pared que estaba a su lado. Se pegó tanto como pudo a ella. Juntó los pies, acercó las manos a su cuerpecito, se arrepretujó contra la pared y empezó a refregarse: derecha, pauda, izquierda, derecha, izquierda... pero no se movió. Esperaba poder trepar por la pared. Si una gotita podía hacerlo, ¿por qué ella no?
- Porque tú eres una niña y no una gota de agua. Las gotas siempre están subiendo, bajando y fluyendo. Y tú eres una niña que ya deberías estar en la cama.
La voz, tierna, cascada y ligeramente aguda, provenía de la anciana sentada en una mecedora junto a la chimenea. Otrora bella y espléndida, sus ojos no habían pedido nunca aquella chispa cálida que te envolvía al mirarla.
- Sí, iaia - dijo cuando se acercaba a la mecedora -. Buenas noches.
Besó a la anciana en una mejilla. Mientras se acercaba a su camita, oyó la misma voz susurrar un "buenas noches" y se durmió arrulada por el ñik-ñak de la mecedora y el crepitar de la leña.
La voz volvió a susurrar, más pensando en voz alta que hablando a alguien:
- Descansa y duerme esta noche, pues mañana será un día duro.
La anciana bruja siguió meciéndose hasta que la niña estuvo profundamente dormida. Apagó el fuego y ella también durmió. También para ella sería un día duro el de mañana. Siempre era duro empezar a adiestrar a una aprendiz. Pero lo era aún más si sabías que iba a ser la última.
Texto: Pepe Fuertes (@pepefuertes)
Ilustración: Teresa Cebrián (@cebrianstudio)
Mascota
Antes del cuento de hoy os presento a una mascota que no pudo ser y antes de guardala en el cajón os la enseño. ¿qué os parece?
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