18.11.11

Escapar

Llevaba tanto tiempo a la sombra que ya no recordaba cómo era la luz del sol. Allí, bajo los tubos fluorescentes, sobrevivía. Pero aquello no era forma de vivir. Así que hizo lo único que podía hacer: esperó. Dejó pasar el tiempo. Pero tras meses de esperar se dio cuenta que aquello no le iba a llevar a ningún sitio. Fue entonces cuando decidió pasar a la acción.
Estando allí plantado no había perdido el tiempo. Había estudiado el entorno y a sus habitantes. Conocía sus costumbres. Sabía todo lo que pasaba allí. Tenía todo lo que necesitaba para trazar un plan y lo hizo. Sólo necesitaba una cosa: que llegara la primavera. Entonces le saldrían las flores que con sus colores y su maravilloso olor atraerían insectos. Esa era la clave: flores. Nunca había tenido, pero seguro que le saldrían. Eso decían en los documentales de la tele. Miró el calendario. Estaban en Noviembre. Faltaban... varios meses. No se le daban bien las matemáticas, pero era paciente. Muy paciente. Tanto como podía serlo un pino. 

Miró por la ventana. Nevaba. Pensó entonces que quizá la maceta no fuese un lugar tan desagradable. Al fin y al cabo se estaba calentito y le daban agua y abono. 
Se acomodó lo que pudo.  Definitivamente, podía esperar allí dentro un poco más.

Texto: Pepe Fuertes (@pepefuertes)
Ilustración: Teresa Cebrián (@cebrianstudio) 

17.11.11

Magia Nocturna



Cuando se habla de la hora mágica se piensa en la medianoche. Los relojes suenan doce veces y marcan la frontera entre el final de un día y el comienzo del siguiente. Pero eso no es verdad. Al menos, no del todo. Todas los instantes son mágicos y sólo depende de lo que quieras conseguir para elegir uno u otro.

Por ejemplo, pasados treinta y siete silencios de las tres de la madrugada de una fría noche de invierno es el momento adecuado para despertarte, mirar el reloj y volver a meterse debajo de las mantas, las sábanas y los nórdicos de la cama, mientras piensas que aún puedes dormir un ratito más. Ese es un momento de auténtica felicidad.

Texto: Pepe Fuertes (@pepefuertes)
Ilustración: Teresa Cebrián (@cebrianstudio) 

16.11.11

La niña

La lluvia repiqueteaba en los tejados. El viento, agudo y frío, azotaba las ventanas con un aullido de interminable dolor tratando de colarse en la cálida habitación. Única habitación de una pequeña casa situada en lo más profundo un bosque ya de por sí húmedo y frío.

Una gota bajaba por el cristal con la intención de llegar lo antes posible al suelo y así acabar con un tramo de su ciclo vital. Mientras eso pasaba, una niña de cuatro años, castaña y con un pirri que salía como una palmera de la parte derecha de su cabeza, miraba ensimismada, con unos prociosos ojos marrones verdáceos, aquello que bajaba por la ventana y se preguntaba qué extrañas fuerzas hacían que tanta agua cayera del cielo y por qué una cosa tan pequeña podía caminar por un cristal. ¿Podría ella hacerlo? Ella era más grande. Puede que hubiera gente más grande que ella, pero ella ya tenía cuatro años. Y eso son muchos años. Sobre todo si los cumplías ese día.

Miró la gota. Vio cómo se retorcía por el cristal, en un interminable camino hacia... bueno, hacia donde vaya una gota. Algún destino tendrá. Y, aunque en ese momento no lo sepa, cuando llegue sabrá que habrá llegado y se detendrá. Pero la niña no pensaba en eso. Ella miraba los movimientos de la gota: abajo, abajo-derecha, abajo, pausa, abajo-izquierda, marco de la ventana y final de trayecto.

La pequeña se aceró a la pared que estaba a su lado. Se pegó tanto como pudo a ella. Juntó los pies, acercó las manos a su cuerpecito, se arrepretujó contra la pared y empezó a refregarse: derecha, pauda, izquierda, derecha, izquierda... pero no se movió. Esperaba poder trepar por la pared. Si una gotita podía hacerlo, ¿por qué ella no?

- Porque tú eres una niña y no una gota de agua. Las gotas siempre están subiendo, bajando y fluyendo. Y tú eres una niña que ya deberías estar en la cama.

  La voz, tierna, cascada y ligeramente aguda, provenía de la anciana sentada en una mecedora junto a la chimenea. Otrora bella y espléndida, sus ojos no habían pedido nunca aquella chispa cálida que te envolvía al mirarla.

- Sí, iaia - dijo cuando se acercaba a la mecedora -. Buenas noches.

  Besó a la anciana en una mejilla. Mientras se acercaba a su camita, oyó la misma voz susurrar un "buenas noches" y se durmió arrulada por el ñik-ñak de la mecedora y el crepitar de la leña.

  La voz volvió a susurrar, más pensando en voz alta que hablando a alguien:

- Descansa y duerme esta noche, pues mañana será un día duro.

 La anciana bruja siguió meciéndose hasta que la niña estuvo profundamente dormida. Apagó el fuego y ella también durmió. También para ella sería un día duro el de mañana. Siempre era duro empezar a adiestrar a una aprendiz. Pero lo era aún más si sabías que iba a ser la última.

Texto: Pepe Fuertes (@pepefuertes)
Ilustración: Teresa Cebrián (@cebrianstudio) 

Mascota

Antes del cuento de hoy os presento a una mascota que no pudo ser y antes de guardala en el cajón os la enseño. ¿qué os parece?



15.11.11

Un lugar solitario

Se despertó al anochecer en una calle desierta. Trató de mirar a su alrededor, pero tenía la cabeza embotada. Poco a poco empezó a distinguir descampados, calles vacías y farolas encendiéndose. De pie e inmovilizada, la luz artificial era su única compañía.

- Pssh - oyó -. ¡Pssh! - volvió a oir -. Aquí - alguien le dijo desde se derecha -. ¿Estás despierta? 
- Sí - contestó sin saber muy bien a qué.
- Entonces ya estamos todas - dijo otra voz.
- ¿Y ahora? - preguntó una tercera.
- Pues a esperar.
- ¿A qué?
- Pues a que pase algo.
- ¿Y si no pasa nada?
Hubo un silencio incómodo.
- Algo pasará - dijo una voz -. Siempre pasa algo.

Era cierto. Pasó el tiempo y con él llegó el amanecer. Al salir el sol cayó dormida como todas las otras farolas. Acababan de pasar su primera noche en aquella urbanización por construir


Texto: Pepe Fuertes (@pepefuertes)
Ilustración: Teresa Cebrián (@cebrianstudio) 

14.11.11

El señor Ocre se muda

El señor Ocre llevaba viviendo en aquella casa de la calle Mostaza desde que había llegado a la ciudad. De eso hacía más de 90 años. Le daba pena irse, pero, por otro lado, sabía hacía tiempo que era inevitable. Subir todos los días hasta el octavo piso por las escaleras era demasiado para sus rodillas.

Recorrió con la mirada el loft de sesenta metros cuadrados: las paredes amarillentas, los muebles envejecidos, las cajas llenas de libros de segunda y tercera mano, de ropa añeja y desteñida y de esos pequeños objetos de recuerdo que los turistas compran cuando visitan algún lugar para demostrar que han estado allí y que cuando vuelven a casa se encuentran con que los venden en la tienda de la esquina y, por último, la cristalera que ocupaba toda una pared y mostraba una panorámica la ciudad. Se asomó por última vez a aquella enorme ventana, miró el perfil de los edificios recortados contra el cielo y se fijó en una colina, casi a las afueras, que tenía en la cima una casita blanca de techo de teja. Parecía un bonito lugar para vivir. 

Se giró hacia la lámpara, colgada en medio de la habitación, un cubo de luz contenido en una esfera de cristal dentro de otro cubo de metal de un metro de lado y habló:
- Nos mudamos. Próxima parada, colina del Membrillo número 4.

No dijo nada más. La lámpara parpadeó levemente. El señor Ocre miró la habitación. Los muebles y las cajas seguían en el mismo sitio. Sin embargo, la habitación era un poco más pequeña y las paredes más blancas. Se giró y ya no había cristalera, sino un par de ventanas y una puerta. Al salir vio que estaba en una colina desde la que veía toda la ciudad, incluído el edificio amarillento y ruinoso de la calle Mostaza que iban a demoler en unas horas.

Volvió a la habitación y empezó a desembalar. Qué duro era hacer una mudanza.

Texto: Pepe Fuertes (@pepefuertes)
Ilustración: Teresa Cebrián (@cebrianstudio) 

13.11.11

El señor Ocre

"Un cubo de luz contenido en una esfera de cristal dentro de un cubo metálico de un metro de lado. Esa es la lámpara del señor Ocre y su forma de ir a las estrellas y volver. Si algún día lo ves, llámalo por su nombre y pídele un cuento. Si te oye, quizá se pare en el aire y saque la cabeza por una ventana que hasta entonces no  estaba ahí. Entonces te mirará, pensará un momento y te dirá "no hace falta que te cuente un cuento. Tienes todo lo que te ha pasado hasta ahora y tu imaginación para inventar todas las historias que quieras".

Bueno,quizá no había lamparas espaciales voladoras,pero lo otro si que era verdad. Más o menos."

Texto: Pepe Fuertes (@pepefuertes)
Ilustración: Teresa Cebrián (@cebrianstudio) 

Manolo


"El señor Manolo se apartó de la ventana para que la señora Lola pudiese ver a gusto el documental y se sentó en la cocina para observarla sin que ella le viera. Ya que no podía sacarla del zoo, la haría un poquito más libre dándole su ventana y que, a través de ella, pudiese ver el mundo."

Texto: Pepe Fuertes (@pepefuertes)
Ilustración: Teresa Cebrián (@cebrianstudio) 

11.11.11

Lola

La ilustración de hoy viene con cuento de Pepe Fuertes (@pepefuertes) , a ver qué os parece. Mañana más.
A la señora Lola le gustaba mirar la televisión del vecino del segundo. Siempre tenía las ventanas abiertas y a mediodía ponía documentales muy interesantes sobre lugares que le recordaban a su niñez. Sin embargo, últimamente le empezaba a costar distinguir lo que ocurría en la pantalla, pues no era muy grande y, ya se sabe, los años no perdonan. 

Pero ocurrió que un día a mediodía, a la hora del documental, la ventana estaba cerrada. La señora Lola empezó a preocuparse. ¿Y si hoy el vecino no abría las ventanas? ¿Y si hoy no ponía la tele? Faltaban sólo unos minutos. Se lo iba a perder. La señora Lola se estaba poniendo nerviosa.
Entonces la ventana se abrió y el vecino del segundo se asomó y gritó. "Señora Lola, mire lo que he comprado. Es para usted". Y se apartó. Tras él había una enorme pantalla de sesenta pulgadas encendida y un documental de jirafas puesto.

La señora Lola sonrió, cerró levemente los ojos y asintió. Las jirafas pueden ser mudas, pero no desagradecidas.

10.11.11

A ver si despegamos....

Ayer después de dar la bara a las chicas de la reprografía (estuvimos hasta las tantas intentando imprimir unos marcapáginas a doble cara) sólo se me ocurrió dibujar este cohete, que aunque no es la Calamar-54, espero que ayude a despegar el proyecto de ilustración que llevo entre manos junto a Antonio Giménez. Ya hace algo más de un año que empezamos.

Mañana dibujo más historia de Pepe Fuertes :)